Archived entries for

The age of paranoia

You wake up after one hour sleeping in a plane: you need to pee. In the small and ugly toilet someone wrote “I love you”. And you’d like to write just next to it “No need to love! Discover freedom today”: You don’t need to love anyone to smile. Huh, that sounds like a giant lie. But it makes you feel stronger. And you are in the age of paranoia. You won’t get married with nobody and anything, you won’t even get married with your current dreams. Like Alexander Supertramp from Into the wild, you only want to marry freedom. And you wonder if freedom sometimes also sucks.

There’s something which makes you feel strange. Do people change? Will you be able to feel something in the future? Maybe you’re just from the group of people who prefers to say “not” using lips, while the rest of the body wants to find an excuse to answer “yes”. In your imagination there’s someone living far away from you, both phisically or mentally. On Australia, Mexico or just 100km away from your town. And in your imagination, that person wants to get closer. You dream on how would you act next to that person. But your mind changes too fast to make any step. The age of paranoia rocks.

And you knew that when you decided to start a diary. The first page was full of wishes. Dreams and countries to conquer. Moons to visit and giants to beat. That page acts as a mirror to your heart “On this path -let’s call it “life”- I will find the perfect person to me. Not sure about if that person will be a boy or a girl. Maybe a nice dog instead. But I won’t stop until finding that perfect smile to me”. The next 200 pages are full of new dreams to conquer. New ideas filling the pages that were thought to explain the conquers and successes instead of new dreams to conquer. There are no pages writing about the successes. Just new things to wait for.

The last page of your diary acts as a mirror of your reality “I’ve found 9 perfect persons to me. I’ve had 390 different dreams. 11.000 moments where I’d like to come back and act different. Because I ran away from those 9, those 390 and those 11.000. Now I wonder if it could had been easier if I just could go back and change, let’s say, only 10 different minutes of this few months writing the diary. Go back and find that person that wanted to give me 2 or 3 things, but very often, combined with surprises and smiles. He was not able to offer the 10.000 new dreams I needed. And now, my big dreams are those 3 things, but there are no extra pages on my diary to write, with all the good and all the bad he had.” But that person left the country, leaving a nice message on his last known address “I don’t care if you don’t care“. He’s still on the age of paranoia.

That last page of your diary was wrote while listening that spanish rock group. Just one song, “Malos pensamientos”. Una pieda del destino. The age of paranoia ended to you.

Amaral mola

El mundo (tu mundo, no la Tierra que tose con tanto coche y tanta nevera) tiene zonas rosas, zonas oscuras y zonas grises. Las rosas son los momentos en los que te ríes sin parar, que te hacen respirar hondo para no empezar a vomitar como un loco : Aquí en Alemania hay muchos, al aparcar delante de un cartel con un texto que no entiendes deseando que diga “Vigila no pises las flores” y no “Prohibido aparcar, se avisa grúa“. Y te ríes. Las zonas oscuras son cuando te das cuenta que no ponía nada de flores. Y las zonas grises son casi todo lo demás: La gente gris que te importa tres pepinos, la gente a la que odias y la gente a la que importas tres pepinos y quisieras importar más.

Y al final está otra zona rosa con la gente a la que importas y que te importa. Te ríes y te ríes, y pasa de ser rosa a ser muy rosa, y te vuelves un cursi de mierda. Al final pierdes el cinismo que te hace sexy. Que hace que te quiera pegar una paliza medio país. Un cinismo molón. Pero esa zona rosa te hace sentir que estás aquí para algo, todos estamos aquí para algo. El mundo cambia todos los días, para bien o para mal, así que si me muero mañana me moriré pensando que he cambiado el mundo, y sabiendo que lo volveré a cambiar en la próxima vida, aunque me muera 2 minutos después de nacer (lo que sería una putada sobretodo para mi madre que pensaría “Joder, 3 meses sin sexo y se me jode el invento a los 2 minutos”).

Si te lo miras con cierta perspectiva, un concierto de Amaral puede ser una zona rosa. Conocer las canciones de Amaral y cantarlas te hace cursi, y eso combinado con la pequeña tendencia de algunos a pensar que eres gay lo complica más todo (especialmente si no lo eres). Me gusta Amaral, igual que mi madre sabe que si suena Mocedades yo canto Mocedades. Oye, pues Amaral mola. Y las zonas rosas también, este es un mundo rosa (ya sea por tanta zona rosa y tanta gente feliz o por los vertidos de las fábricas a los ríos, siempre acaba siendo rosa, y no te puedes escapar).

Esperando esperar

Creo que vivimos esperando. Esperas algo que esperas que llegue mañana, dentro de unas semanas o dentro de cuatro años, tres meses y “unos” diecisiete días.

En el momento menos pensado cierras los ojos y imaginas donde quieres llegar, como si el mundo fuera una peli de Pixar. Donde te gustaría estar, quién quieres ser dentro de unos meses si tuvieras la alfombra de Aladín, las ganas de encontrar a tu media naranja (mecánica) de Wall·e o el amor por los niños del padre de Nemo: sea la peli que sea la espera te hace vibrar. Vives pensando en qué pasará contigo cuando la empresa donde trabajas se fusione con esa más grande, cuando apruebes tu carné de conducir, te saques la licencia de piloto, te cases o asistas a tu primer -o último- día en la universidad.

Así, con los ojos cerrados te pones a esperar. Y sin darte cuenta, mientras esperas, estás viviendo. Sabes que después de 5 años de carrera, 1 de proyecto, 2 de especialización, 1 de máster y un doctorado, el día que sales a celebrarlo puede atropellarte un autobús. Así que cuando alguien escriba tu vida (en sus recuerdos o en una gran biografía) el 99% de las páginas estarán llenas de las anécdotas, vivencias y experiencias de esos años, de los de antes. De cómo reaccionaste cuando viste u oíste tu nota de corte después de dos años luchando, de la cara que pusiste al oír “apto” en la última posibilidad de sacarte el carné de moto antes que cambiara la normativa o de lo que pasó por tu mente antes de decir “sí quiero”, donde “quiero” quería decir casarse o ir a cenar o comprar un perro o tirarte a la piscina desde el primer piso.

Ahora abres los ojos y ves que no estás solo. Que durante todos los años donde tú esperabas había otras personas alrededor esperando. Que cada vez que has estado en un atasco en una autovía, los 200 otros coches del atasco estaban llenos de personas que compartían contigo ese atasco pero que esperaban sus propios sueños.

Cuando te mueras, en el purgatorio, cuando te digan que firmes en el cuadradito “sin salirse de los límites que te quedas en el Limbo durante toda la eternidad”, pensarás en toda la espera de tu vida, y verás que de esas personas que estaban a tu alrededor esperando, algunas fueron especiales. Los sueños son privados, únicos, y cada persona tiene sus sueños. Por mucho que algunas personas se empeñen en igualar sus sueños al de al lado porque están totalmente enamorados, los sueños son tuyos y solamente tuyos: Pero los cumples con gente, que cumple sus sueños a tu lado. Gente que trabaja contigo, que vive contigo, que ríe contigo, que sonríe contigo, que te ha hecho daño, te ha disparado con una ametralladora o te ha roto el corazón. De todas las grandes frases de Alexander Supertramp (tenéis que ver Into the Wild hoy mismo) me quedo con una: Hapiness only real when shared.

Te reirás muchísimo cuando veas eso desde el purgatorio, porque verás que esperar y esperar te hizo brillar, te hizo crecer, madurar y vivir, pero que al final, en el libro de tu vida el autor (que algunos se atreven a llamarlo Dios) sólo ha dedicado una página a hablar del resultado de esa espera, y todas las demás a lo que viviste mientras esperabas.

El principio del principio

Teníamos 17, 18, 19 años, nos levantábamos a las 9 y cuatro, quedábamos a las 9.45 en la esquina donde yo pasaba con una fantástica scooter de 49cc y Marc subía. Bajábamos hasta la oficina y aparcaba la moto justo delante, en la Rambla d’Olesa. Empezábamos a las 10 y hasta las 14, que nos íbamos a casa y a las 16 ya estábamos otra vez hasta las 10 de la noche. Y era genial, había tantísimas cosas por hacer. Seguramente ahora parece ridículo, pero la pausa para merendar viendo El Diario de Patricia era totalmente necesaria.

Así nacieron muchas cosas, así “pasamos” de Twitter y así hicimos tanto las primerísimas versiones piloto (es decir, sin ninguna gracia ni base técnica en absoluto) de eyeOS como algunas páginas web para pagar los iMacs, el futbolín, las tortitas de Inés Rosales que comprábamos en el super de Cloti, justo debajo la oficina. Ella sabía que bajábamos a merendar porque acababa el ruido a futbolín, y eso quería decir que uno de los dos tenía que invitar al otro porque había perdido. Y después de cuatro “doble o nada” no quedaba más remedio que invitar a la gran merienda con Cacaolat y magdalenas.

La oficina no tenía ni humedades, ni un suelo horrible, ni unas cortinas que daban miedo ni un lavabo que parecía Chernobyl… Bueno, sí que tenía todo esto pero eran detalles, seguía siendo el mejor lugar del mundo mundial –al menos mientras imaginábamos cómo sería la oficina de Silicon Valley. Venían amigos sin parar y teníamos hasta sala social -un sofá barato y dos butacas-.

Ahora ya 3 años más tarde esa oficina está vacía (aunque llena de recuerdos de todo tipo) y quedan señales en las paredes de “pelotazos”, tijeras clavadas, patadas de rabia, teléfonos estrellados… Y es todo mejor, más complicado, más emocionante. Los problemas son totalmente distintos, las personas también, aunque hay dos cosas iguales: el futbolín nos ha acompañado (aunque le han puesto unas normas nuevas de mierda) y ahora es en serio, aunque todo el mundo lo ve igual que al principio, como este juego que o acabará muy bien, o acabará muy mal.

De momento siento decepcionar a los que no daban un duro por eyeOS hace unos años, que tienen que leer toda esa basura de cosas con IBM y Telefónica en la prensa, mientras esperan la notícia del cierre para soltar ese “Ya te lo dije María, estos no harán nada en la vida”. Parece que tendrán que esperar un poco más.

Y para los que habéis llegado hasta aquí leyendo, unas fotos del palacio que nos montamos a partir de mesas, sillas, cuatros y posters prestados por familiares y amigos, del primer avión que cogimos, y varios momentos aleatorios de esa época chachi.

Ahora más que nunca, el problema eres tú

Cuando escribí el post de El problema eres tú lo hice pensando en una de esas situaciones que nos encontramos en el día a día, real o falsa, donde un guapito opinaba sobre la inmigración en España. Sin darse cuenta, su ignorancia era sólo superada por su prepotencia.

El post tuvo mucha más repercusión de la que me esperaba. Yo esperaba que lo leyesen unas ¿ 5 ? personas, pero alguien lo mandó a menéame y al cabo de dos días había hasta gente que me criticaba el estilo, la gramática, la manera, la pose y la cara que pongo al sonreír, imaginándose que soy un columnista de El País desde hace 35 años. Fue absolutamente genial generar tanta rabia y odio. De todo lo leído me quedo con el comentario que acababa con la genialidad “Valiente hijo de puta“: un poema. Cuando me maten espero que compréis mascaras y salgáis a la calle (si no sería morir en vano).

Pero resulta que a alguien le gustó y me comentó que le gustaría hacer un corto con un trozo del texto. Y dicho y hecho en menos de una semana, ayer me mandó el resultado y me pareció genial. Es un corto (llamado El problema eres tú) creado por Pablo González y se puede ver aquí.

Cuando lo ví me encantó y me pareció que se centraba perfectamente en la crítica a la prepotencia (¿aunque igual hay una secuela centrada en el racismo?) y así se lo dije. Mejor todavía fue cuando me contestó desmontándome totalmente el argumento:

Si, es una crítica a la prepotencia, pero también es una autocrítica a y a . El puede ser un prepotente, puede estar forrado, puede tener mucha pasta y no valorarla lo suficiente, por tanto: tiene un problema. Pero en cambio nosotros, podemos discriminarlo por el simple hecho de tener dinero, aunque no sepamos absolutamente nada de su vida, lo juzgamos como si de un asesino en serie se tratase: tenemos un problema.

Así que con eso me quedo. Desafortunadamente no me acuerdo del nombre del genio que originó todo esto con su justita inteligencia al comentar qué piensa de la inmigración desde su burbuja la burbuja de sus padres. Pero creo que podríamos dedicarle a él todo esto. Para ti, joven nacional.



Copyright © 2004–2009. All rights reserved.

RSS Feed. This blog is proudly powered by Wordpress and uses Modern Clix, a theme by Rodrigo Galindez.